
“They arrived at Bath. Catherine was all eager delight—her eyes were here, there, everywhere, as they approached its fine and striking environs, and afterwards drove through those streets which conducted them to the hotel. She was come to be happy, and she felt happy already.
They were soon settled in comfortable lodgings in Pulteney Street.”
They were soon settled in comfortable lodgings in Pulteney Street.”
No habría podido pedir más. Sin haber pretendido ninguna emulación novelesca me encontraba también confortablemente instalada en un encantador hotelito familiar en la mismísima Pulteney Street, una amplia calle con dos hileras de señoriales casas de piedra, con sótano, planta baja y tres pisos y muy convenientemente situada para desplazarse a pie por la ciudad. Situada a muy poca distancia del centro, tras un agradable paseo de apenas cinco minutos se llegaba a la catedral y a las termas cruzando un puente de aire veneciano, lleno de tiendecitas, bajo el cual fluía caudaloso el río Avon. El frío era intenso y me daba la impresión de encontrarme en una estación de esquí. Afortunadamente, íbamos todos bien equipados con ropa de mucho abrigo, sombreros y guantes, pues este invierno en Inglaterra está siendo uno de los más duros que se recuerdan en mucho tiempo (ahora mismo parece ser que están a veinte grados bajo cero en algunas zonas) e incluso se esperan tormentas de nieve en los próximas días.
