De nuevo he sobrevivido a una peligrosa misión internacional, consistente en un viaje a París con escala obligada de un día en Disneyland. Para compensar la tortura del empalagoso ritual "mundo feliz" al que había que sucumbir para hacer realidad el sueño infantil de ver la Torre Eiffel y, simultáneamente o justo después, saludar al Pato Donald, se planificaron asimismo con precisión científico-militar y determinación napoleónica otras dos expediciones: una al Louvre y otra a Versalles.
En la era del turismo masivo las colas son interminables en todas partes. Esta realidad deprimente tiene como contrapartida la ventaja de ayudar a infundir en los niños con cierta crueldad maquiavélica la subversiva idea de que un día en Disneyland es mucho más que suficiente para toda una vida y que, puestos a hacer tres cuartos de hora de cola para cada atracción, el parque del Tibidabo no sólo resulta menos caro y queda más cerca sino que en París hay muchas otras cosas interesantes. Y que, entre ellas, no hay diversión como admirar de cerca la Mona Lisa, visitar el palacio del rey Sol y poder contarlo luego a los amiguitos del cole.
Dentro de las restricciones habituales, la visita al Louvre fue bastante bien y hasta quedé gratamente sorprendida por la posibilidad de apreciar con cierta calma y detalle la Belle Ferronière y la Virgen de las Rocas mientras el público se agolpaba masivamente en torno a la Mona Lisa, así como por haber podido recorrer en solitario una pequeña sala dedicada a retratos cortesanos de Clouet y aproximarme sin problemas a la escultura de Eros y Psique. La actual configuración del museo, que no había visitado de nuevo desde hacía muchos años, en cuatro sectores bien diferenciados y muy bien señalizados me pareció excelente si no fuera por el absurdísimo e inexplicable problema de la insuficiencia de lavabos en un espacio público tan concurrido.
