lunes, 5 de abril de 2010

James Bond en Versalles

De nuevo he sobrevivido a una peligrosa misión internacional, consistente en un viaje a París con escala obligada de un día en Disneyland. Para compensar la tortura del empalagoso ritual "mundo feliz" al que había que sucumbir para hacer realidad el sueño infantil de ver la Torre Eiffel y, simultáneamente o justo después, saludar al Pato Donald, se planificaron asimismo con precisión científico-militar y determinación napoleónica otras dos expediciones: una al Louvre y otra a Versalles.

En la era del turismo masivo las colas son interminables en todas partes. Esta realidad deprimente tiene como contrapartida la ventaja de ayudar a infundir en los niños con cierta crueldad maquiavélica la subversiva idea de que un día en Disneyland es mucho más que suficiente para toda una vida y que, puestos a hacer tres cuartos de hora de cola para cada atracción, el parque del Tibidabo no sólo resulta menos caro y queda más cerca sino que en París hay muchas otras cosas interesantes. Y que, entre ellas, no hay diversión como admirar de cerca la Mona Lisa, visitar el palacio del rey Sol y poder contarlo luego a los amiguitos del cole.

Dentro de las restricciones habituales, la visita al Louvre fue bastante bien y hasta quedé gratamente sorprendida por la posibilidad de apreciar con cierta calma y detalle la Belle Ferronière y la Virgen de las Rocas mientras el público se agolpaba masivamente en torno a la Mona Lisa, así como por haber podido recorrer en solitario una pequeña sala dedicada a retratos cortesanos de Clouet y aproximarme sin problemas a la escultura de Eros y Psique. La actual configuración del museo, que no había visitado de nuevo desde hacía muchos años, en cuatro sectores bien diferenciados y muy bien señalizados me pareció excelente si no fuera por el absurdísimo e inexplicable problema de la insuficiencia de lavabos en un espacio público tan concurrido.

Este ridículo inconveniente alcanza su punto culminante en Versalles, donde después de hora y media entre desplazamiento y cola para entrar y otro tanto de recorrido interior, la absoluta imposibilidad de realizar una parada técnica hizo temeraria cualquier tentativa de proseguir la visita por los maravillosos jardines y arrastrar a los niños hasta el Petit Trianon, como era mi objetivo. El domingo, ya en el aeropuerto y esperando el momento de embarcar, mi imaginación se desbocaba al leer en la portada del periódico Le Figaro la noticia del posible rodaje de una nueva película de James Bond con Versalles como fondo. No podía evitar pensar en irreverentes pero sofisticadísimos y discretos artilugios portátiles que M deberá facilitar esta vez a su agente secreto si quiere asegurar el éxito de su cometido.

viernes, 12 de marzo de 2010

La voix qui m'a tourné la tête


Descubrí al maravilloso tenor Juan Diego Flórez hace unos dos años, como consecuencia de un alocado viaje a Venecia durante la temporada de carnaval. La organización corría a cargo de unos amigos ingleses instalados desde hace años en Montecarlo, por lo que ya iba yo mentalizada para todo tipo de pruebas de valor y resistencia estoica, avisada además de que entre las actividades programadas estaba prevista la asistencia a un par de esas indescriptibles veladas musicales para turistas a las que es imprescindible acudir con indumentaria del siglo XVIII.

Aterrada ante la perspectiva de tener que recorrer toda Venecia en temporada alta para conseguir alquilar un traje, opté por buscarme la vida en e-bay con la suficiente antelación y salí dignamente del trance gracias a un eficiente sastre oriental que ofrece sus servicios en la red bajo el nombre comercial de Medieval Dressmaker y capaz de solucionar por precio razonable cualquier emergencia indumentaria que exija retroceder unos cuantos siglos.

El modelo adamascado en rosa Marie Antoinette wedding dress, disponible en tres tallas, me fue que ni pintado. Una buena peluca rematada con plumas de pavo y avestruz, un collar de perlas y un maquillaje pálido con acabado de polvo blanco suelto hicieron el resto.

En cuanto a opciones de moda masculina, el modelo Rococo Frock permite asimismo a los caballeros salir de apuros siempre y cuando se combine con calcetines de media claros o lilas. Nunca, como pude comprobar horrorizada tras inspeccionar a algunos concurrentes a tan fastuosos eventos, con calcetines blancos de algodón o de lana.

Superado el terror escénico que inicialmente se apoderó de mí, debo confesar que, una vez recibido el bautismo de fuego, podría adaptarme perfectamente a ir vestida siempre de este modo tan favorecedor, e incluso me atrevería a decir que cómodo, siempre y cuando uno no se vea obligado a utilizar transporte público.

El tema de una de las cenas a las que tuve que asistir de esta guisa era la ópera de Donizetti L’Elisir d’Amore. El esforzado tenor contratado para entretener a los desvergonzados turistas sin sentido del ridículo pasó un verdadero mal rato con la bellísima aria Una furtiva lágrima. Lo primero que hice al volver a la normalidad fue rastrear youtube para decidir cuál sería mi versión ideal de esta pieza e inmediatamente supe que mi intérprete operístico preferido a partir de ese momento iba a ser el elegantísimo tenor peruano Juan Diego Flórez. No es quizás la voz más potente pero es sin lugar a dudas la más hermosa y con más matices, para mi gusto. Y si Pavarotti le ha designado sucesor, no hay nada más que decir.

El miércoles puede admirar en directo a mi ídolo en el Liceu de Barcelona. Interpretó brillantemente el papel de Tonio en La fille du régiment, ante un público entregado.