
jueves, 8 de diciembre de 2011
Biografías de Stefan Zweig: Balzac y María Estuardo

lunes, 28 de noviembre de 2011
Escapada a Viena

El trabajo, la casa, las nuevas tecnologías devoradoras de tiempo, el agotamiento, las mil y una obligaciones diarias, la desidia y la pereza se confabulan contra mí para que abandone mi proyecto de escribir de vez en cuando sobre esas cosas y momentos que han dejado un grato recuerdo en mi memoria y que intento torpemente fijar por escrito para que no queden consumidos en ese remolino voraz y destructor que llamamos vida moderna.
No son más que pequeñas impresiones de una vida, intrascendentes como el juego del niño que en la playa lanza al mar una botella que ha rellenado cuidadosamente con un papel arrugado adornado con garabatos para un amigo imaginario de las antípodas. No tienen especial valor, pero si no las escribo se pierden para siempre y, como cualquier diario, el esfuerzo sirve al menos para que, transcurrido algún tiempo, pueda con su relectura rescatarlas del olvido y disfrutar del placer de revivirlas. Y dentro de esa categoría de experiencias que siempre me apetece rescatar de la ceniza están los viajes. Quería escribir primero sobre un magnífico recorrido inglés que hice en verano con la finalidad de visitar Newstead Abbey y Haworth Parsonage, pero pasó el tiempo, lo dejé y prefiero ahora hablar de otro viaje más reciente, una escapada de tres días a Viena.
Conocía ya Viena porque de joven pasé un mes de verano en la ciudad para perfeccionar mi alemán y ha sido muy agradable poder volver a visitarla y alojarme esta vez, no en una residencia estudiantil sino en el fantástico hotelito König von Ungarn, todo un hallazgo, a dos pasos de la catedral y justo al lado de la casa en la que Mozart vivió un tiempo y compuso las Bodas de Fígaro.
En esta ocasión he podido disfrutar además de una deliciosa exposición temporal del Kunsthistoriches Museum que bajo el título “Cuentos de Invierno” reúne una magnifica selección de cuadros invernales, con el frío y la nieve como motivo principal: detallistas paisajes y escenas costumbristas de Brueghel, el imponente Napoleón de Jacques Louis David cruzando los Alpes a caballo envuelto en su capa, campos de escarcha azulada de Van Gogh, un tierno paisaje de Monet de postal de navidad, con la pequeña urraca tomando el sol en la nieve – el que yo me habría llevado a casa si hubiera podido-, naufragios decimonónicos en mares tenebrosos y helados, patinadores con atuendo romántico manteniendo elegantemente el equilibrio, una muestra de lo más variado y pintoresco.
Y, lógicamente, no podían faltar un par de eventos musicales: escuchar el dramático Réquiem alemán de Brahms en la catedral y asistir a la interpretación por un cuarteto de cuerda de piezas de Mozart, Schubert y Haydn en esa pequeña joya que es la Sala Terrena, un espacio con cabida para poco más de veinte personas, con frescos dieciochescos y en el que sin duda se encontraba merodeando, aunque invisible, el espíritu burlón de Mozart.
miércoles, 14 de septiembre de 2011
jueves, 1 de septiembre de 2011
Amazona en Richmond Park
viernes, 18 de marzo de 2011
viernes, 26 de noviembre de 2010
Sueños de la razón y delirio poético
Me encontraba yo de madrugada inmersa en plena arenga contra el independentismo argumentando que lo que no puede ser, no puede ser y además es imposible y que hay posiciones que necesariamente excluyen otras y que el conflicto es inevitable, como en esa rima de Bécquer, afirmaba yo en mi discurso, primero elocuente y luego balbuciendo, ya saben ustedes… las olas, las rocas… , esto…, como era, el huracán … y aquí empecé a gesticular y finalmente dije que se estrellarían y nos tocaría hacer de roca. Y aquí me paré porque no podía articular los versos por más que me esforzase, o esto me parecía a mí, en recordar las palabras… y en mi sueño salía un faro y yo era Kim Novak en la película Vértigo, entre el faro y las rocas.
Y me desperté y recordé la primera estrofa y el resto conjuré con la ayuda de Google.
Tú eras el huracán, y yo la alta
torre que desafía su poder.
¡Tenías que estrellarte o abatirme!...
¡No pudo ser!
Tú eras el Océano y yo la enhiesta
roca que firme aguarda su vaivén.
¡Tenías que romperte o que arrancarme!...
¡No pudo ser!
Hermosa tú, yo altivo; acostumbrados
una a arrollar, el otro a no ceder;
La senda estrecha, inevitable el choque…
¡No pudo ser!
En fin, supongo que hay pesadillas peores… o menos poéticas.
viernes, 15 de octubre de 2010
¿Qué es Arte?
Aunque llevo tiempo buscando respuestas a esta dificilísima pregunta y me había propuesto leer aplicadamente durante las vacaciones la clásica antología de Alexander Sesonske, a ver si sonaba la flauta y daba con alguna luz al respecto, mi reprobable pereza y vergonzante diletantismo me impiden llegar a conclusión alguna y sigo navegando sin rumbo por las oscuras y procelosas aguas de mis lagunas, o mejor dicho, océanos, de ignorancia artística.Soy absolutamente incapaz, por ejemplo, de justificar los motivos por los que decidí gastarme unos ahorros en comprar esta foto de Richard Avedon, titulada "Dovima con elefantes", realizada en 1955 para la casa Dior. No tengo especial interés ni por los animales ni por la moda y ni siquiera puedo contemplar la imagen sin evocar proustianamente una mezcla olorosa del espantoso tufillo de los elefantes del zoo de Barcelona con algún mareante perfume francés almizclado, ambos aromas en alarmante contradicción con mis preferencias olfativas a base de cítricos, té verde o lavanda.
Pero tenía que comprar la foto. Quizás el resorte de mi irresistible impulso dilapidador tenga que ver con la composición, el contraste, la elegancia de la modelo, por la gracia con la que los elefantes levantan las patas, qué se yo. De todas formas, ¿sería ello justificación suficiente para mi capricho? Y si no lo fuera, ¿por qué debería dar explicaciones a nadie?
Constatada mi absoluta incapacidad de encontrar respuestas satisfactorias a mis terribles inquietudes, me limitaré a citar con autoridad y aplomo al sabio Sylvester Stallone, cuyos razonamientos tan profunda impresión me causaran un día al leer un Hola en la peluquería. La historia es la siguiente: un entrevistador le preguntaba al conocido actor, que había invertido parte de su fortuna en una colección de arte, acerca de sus criterios a la hora de realizar sus compras. La decidida respuesta de Rambo fue que, si un cuadro llamaba su atención, se preguntaba inmediatamente si él mismo habría sido capaz de pintar algo parecido. Si la respuesta era negativa, es que era bueno.
Pues bien, puesto que yo jamás podría posar tan flemática, elegantemente y sin despeinarme con dos enormes elefantes a mis espaldas, y uno de ellos susurrándome en la nuca, es que la foto es buena. Y ello justifica mi inversión artística y mi exquisito gusto y no hay nada más que decir.


